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¿Estamos viviendo o solamente cumpliendo?

hace 20 minutos
5 min de lectura

Cuando los días se llenan de obligaciones y empezamos a perder de vista lo que también queremos vivir.

 

Hay una sensación bastante particular que aparece algunas noches.

Llegamos al final del día cansados, con la impresión de haber hecho muchísimas cosas. Respondimos mensajes, resolvimos problemas, atendimos compromisos, trabajamos, organizamos pendientes y quizá hasta conseguimos tachar varios asuntos de esa lista que parece no terminar nunca.


Y, sin embargo, cuando intentamos recordar cómo fue nuestro día, nos cuesta encontrar un momento en el que realmente hayamos estado presentes.

No porque haya ocurrido algo terrible. Ni porque nuestra vida esté necesariamente mal.


Simplemente porque estuvimos tan ocupados haciendo lo que tocaba hacer que casi no tuvimos oportunidad de detenernos a vivirlo.


Es una experiencia más común de lo que imaginamos. Y merece una conversación que vaya un poco más allá del conocido consejo de «vivir el presente».


El problema no son nuestras responsabilidades

A veces, cuando hablamos de vivir con mayor conciencia, pareciera que las obligaciones fueran un obstáculo del que deberíamos liberarnos.


Pero la vida real no funciona así.


Tenemos trabajos, familias, compromisos, necesidades económicas y personas a quienes queremos cuidar. Hay responsabilidades que no podemos abandonar y otras que, además, elegimos con mucho amor.


Preparar la comida para nuestra familia, acompañar a alguien que atraviesa un momento difícil o dedicar esfuerzo a un proyecto importante también puede ser una manera profundamente significativa de vivir.


Por eso, la pregunta no es cómo deshacernos de todo lo que tenemos que hacer.

La pregunta es otra: ¿cómo evitar que nuestras responsabilidades ocupen tanto espacio que terminemos olvidando todo lo demás?


Porque existe una diferencia entre tener una vida llena de compromisos y sentir que nuestra vida se ha convertido exclusivamente en cumplirlos.


Cuando estar ocupados se vuelve nuestra forma de vivir

Hay algo curioso en la manera en que hemos aprendido a organizar nuestros días.

Con frecuencia medimos una buena jornada por la cantidad de cosas que conseguimos hacer. Si avanzamos mucho, sentimos satisfacción. Si descansamos, nos distraemos o dedicamos tiempo a algo que no produce un resultado visible, puede aparecer una pequeña incomodidad.


Como si siempre hubiera algo más importante esperando nuestra atención.

Y poco a poco empezamos a trasladar esa lógica a casi todo.


Salimos a caminar para hacer ejercicio. Leemos para aprender. Descansamos para recuperar energía. Incluso nuestros pasatiempos parecen necesitar una explicación que justifique el tiempo que les dedicamos.


Nada de eso tiene por qué ser malo. Aprender, cuidar nuestra salud y aprovechar el tiempo son cosas valiosas.


El problema aparece cuando olvidamos que no todo lo que hacemos necesita servir para algo más.


También podemos caminar porque nos gusta sentir el aire fresco, leer una historia simplemente porque nos atrapa o pasar una tarde conversando sin que esa conversación tenga ningún propósito particular.


Esos momentos no son interrupciones de la vida.


Son parte de ella.


Lo que vamos dejando para después

Casi todos tenemos una pequeña colección de cosas que alguna vez disfrutamos y que, sin darnos cuenta, fueron quedando relegadas.


Quizá antes nos gustaba cocinar con calma, escuchar música, cuidar las plantas, pintar, escribir, bailar o sentarnos a mirar cómo cambiaba la luz al final de la tarde.

No necesariamente dejamos de hacerlo porque perdimos el interés.


A veces, simplemente empezaron a aparecer asuntos más urgentes.


Y es comprensible. Hay etapas de la vida en las que nuestras circunstancias exigen muchísimo de nosotros.


Pero también puede suceder que esa etapa termine y nosotros continuemos viviendo con la misma sensación de urgencia.


Seguimos posponiendo lo que disfrutamos porque nos hemos acostumbrado a pensar que primero debemos terminar todo lo pendiente.


Y como siempre hay algo pendiente, ese momento nunca llega.


Tal vez valga la pena preguntarnos si algunas de esas cosas podrían recuperar un pequeño lugar en nuestra vida actual.


No para agregar otra actividad a la agenda, sino para recordar que también tenemos derecho a disfrutar el tiempo que habitamos.


No todo necesita cambiar

Cuando descubrimos que algo no nos gusta de nuestra rutina, es fácil imaginar que necesitamos hacer cambios enormes.


Cambiar de trabajo. Mudarnos. Empezar de nuevo. Transformar por completo nuestra manera de vivir.


En ocasiones, esos cambios pueden ser necesarios. Pero no siempre.


A veces, lo que necesitamos es mirar con mayor atención la vida que ya tenemos.

Distinguir entre aquello que queremos conservar, lo que necesitamos reorganizar y lo que nos gustaría recuperar.


Tal vez hay responsabilidades que seguimos eligiendo con gusto, aunque nos cansen.


Quizá existen compromisos que aceptamos hace años y que hoy ya no tienen el mismo sentido.


O puede que haya pequeños espacios de disfrute que podríamos recuperar sin alterar demasiado nuestra rutina.


Lo importante es no convertir esta reflexión en otra exigencia.


No se trata de construir una vida perfecta, sino de participar un poco más conscientemente en la vida que estamos construyendo.


Un pequeño ejercicio para mirar tu vida cotidiana

Si esta conversación te ha hecho pensar en tus propios días, puedes dedicar unos minutos a observar cómo estás utilizando tu tiempo.


No necesitas hacer un análisis complicado. Basta con tomar una hoja y dividirla en cuatro partes:

1. Lo que necesito hacer.Aquí van las responsabilidades que forman parte de tu realidad actual y que, por distintas razones, necesitan tu atención.


2. Lo que elijo cuidar.Incluye aquello a lo que dedicas tiempo porque es importante para ti: una relación, un proyecto, tu salud o algún compromiso que tiene sentido en tu vida.


3. Lo que sigo haciendo por inercia.Piensa en actividades, hábitos o compromisos que continúas manteniendo sin haberte preguntado recientemente si todavía quieres hacerlo.


4. Lo que quiero recuperar.Recuerda esas pequeñas cosas que te hacían bien y que han ido desapareciendo de tus días.


No tienes que resolver nada inmediatamente.


A veces, reconocer cómo estamos viviendo ya es un primer paso importante.

Y si descubres algo que te gustaría modificar, comienza por una decisión pequeña y realista. Algo que pueda encontrar un lugar en tu vida tal como es hoy.

No necesitamos convertir el bienestar en otra lista de pendientes.


Una vida también se construye en los días comunes

Es fácil imaginar que la vida sucede en los acontecimientos importantes: los viajes, los logros, las celebraciones, los grandes cambios.


Y, por supuesto, esos momentos pueden ser maravillosos.


Pero una parte enorme de nuestra existencia transcurre en días aparentemente ordinarios.


En las comidas de todos los días. En el camino al trabajo. En las conversaciones breves. En las tareas que repetimos. En los momentos de descanso que a veces ni siquiera nos permitimos disfrutar.


Si esperamos a que todas nuestras responsabilidades estén resueltas para empezar a vivir, podríamos pasar mucho tiempo esperando.


Quizá no podamos elegir cada circunstancia de nuestra vida, pero en ocasiones sí podemos elegir cómo relacionarnos con ella, qué queremos cuidar y dónde deseamos poner un poco más de atención.


No para disfrutar cada segundo ni para encontrarle un significado extraordinario a todo.


Simplemente para no perder de vista que nuestra vida está ocurriendo ahora, incluso mientras hacemos las cosas más comunes.


Y tal vez esa sea una buena pregunta para acompañarnos de vez en cuando:

Cuando termine este día, además de todo lo que hice, ¿qué me gustaría recordar de haberlo vivido?


Para seguir explorando

En Ashram Centro Holístico encontrarás el primer episodio de nuestra serie La vida que habitamos, donde profundizamos en esta conversación.


También puedes acompañarte con la práctica «Un pequeño inventario de tu vida cotidiana», un espacio de reflexión para reconocer qué estás cuidando, qué haces por inercia y qué te gustaría recuperar.


No necesitas cambiar toda tu vida para empezar a habitarla de otra manera. A veces basta con prestar atención a aquello que habíamos dejado de mirar.

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