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Descubrir al observador: ¿eres realmente todo lo que pasa por tu mente?

23 sept
7 min de lectura

Hay algo en ti que puede observar tus pensamientos sin convertirse en ellos. Descubrir ese espacio puede transformar la forma en que habitas tu mente, tus emociones y tu propia historia.


Vivimos tan cerca de nuestros pensamientos que pocas veces se nos ocurre preguntarnos qué relación tenemos realmente con ellos. Aparecen desde el momento en que despertamos y nos acompañan mientras trabajamos, hablamos con alguien, conducimos, cocinamos o intentamos dormir. Interpretan lo que sucede, recuerdan lo que ocurrió y anticipan aquello que podría pasar. Su presencia es tan constante que terminamos acostumbrándonos a escuchar esa voz interior como si fuera una descripción exacta de quienes somos.


Cuando la mente dice que no podremos con algo, podemos sentirnos incapaces. Cuando imagina un futuro difícil, el cuerpo comienza a responder como si ese futuro estuviera ocurriendo en este instante. Cuando trae nuevamente una conversación que nos dolió, podemos experimentar la misma tristeza, el mismo enojo o la misma sensación de impotencia que sentimos cuando aquello sucedió. La distancia entre pensamiento y experiencia puede volverse tan pequeña que dejamos de distinguir una cosa de la otra.


Entonces ocurre algo aparentemente insignificante.


En medio de una preocupación podemos descubrir que estamos preocupándonos. Mientras repetimos mentalmente una conversación, de pronto reconocemos que llevamos varios minutos haciéndolo. En mitad de una historia sobre el futuro aparece una comprensión sencilla: estamos imaginando algo que todavía no ha sucedido.


El pensamiento continúa ahí, pero algo ha cambiado.


Nos hemos dado cuenta de él.


Ese instante puede durar apenas unos segundos y, sin embargo, contiene una de las preguntas más profundas que podemos hacernos: si puedo observar un pensamiento, ¿soy únicamente ese pensamiento?


No hace falta encontrar inmediatamente una respuesta. Quizá incluso intentar responder demasiado rápido nos devolvería al mismo lugar del que estamos comenzando a salir. Basta permanecer unos momentos junto a la experiencia. Hay un pensamiento y, al mismo tiempo, existe la capacidad de reconocer que ese pensamiento está ocurriendo. Algo en nosotros puede advertir su presencia.


Durante años podemos vivir sin prestar demasiada atención a esta diferencia. Creemos ser todo aquello que la mente dice porque nunca hemos observado el espacio que existe entre el pensamiento y quien lo reconoce. La voz interior afirma que somos insuficientes y aceptamos su conclusión. Recuerda un error y volvemos a definirnos desde él. Imagina una pérdida y comenzamos a sufrirla antes de que exista. No porque seamos débiles ni porque estemos haciendo algo incorrecto, sino porque la identificación con el pensamiento ha sido tan inmediata que jamás imaginamos que pudiera existir otra manera de relacionarnos con él.


Descubrir al observador no significa empezar a desconfiar de nuestra mente ni convertir los pensamientos en enemigos. Tampoco consiste en crear una nueva división dentro de nosotros. La mente posee una capacidad extraordinaria para comprender, recordar, imaginar, aprender y resolver. El problema aparece cuando olvidamos que sus interpretaciones son solamente una parte de nuestra experiencia y comenzamos a tratarlas como si pudieran contener la totalidad de quienes somos.


Ningún pensamiento puede hacerlo.


Una idea sobre nosotros puede cambiar en cuestión de años, meses o incluso minutos. Aquello que alguna vez consideramos una certeza puede perder completamente su sentido después de una experiencia inesperada. Algunas cosas que durante años nos dieron miedo dejan de hacerlo. Otras que parecían indispensables dejan de importarnos. Cambian nuestros deseos, nuestras opiniones, nuestras prioridades y la forma en que interpretamos nuestra propia historia.


Y, sin embargo, podemos reconocer cada una de esas transformaciones.


Algo estuvo presente cuando pensábamos de una manera y continúa aquí cuando pensamos de otra.


Esta comprensión comienza a transformar también nuestra relación con las emociones. Cuando aparece tristeza solemos decir “estoy triste”, y la expresión es perfectamente natural. Pero existe una diferencia sutil entre reconocer que la tristeza está presente y sentir que toda nuestra existencia se ha convertido en tristeza. Una emoción puede ser profundamente intensa y aun así seguir siendo una experiencia que está ocurriendo dentro de algo mucho más amplio.


Podemos sentir miedo y saber que tenemos miedo. Podemos notar la ansiedad recorriendo el cuerpo. Podemos reconocer el enojo antes incluso de comprender qué lo provocó. Existe en nosotros una capacidad silenciosa para percibir aquello que estamos viviendo sin necesidad de eliminarlo.


Tal vez ahí comience una forma distinta de libertad.


No la libertad de dejar de sentir, sino la posibilidad de atravesar lo que sentimos sin quedar completamente reducidos a ello. El miedo puede estar aquí sin conocer nuestro destino. La tristeza puede atravesarnos sin definir toda nuestra vida. Una preocupación puede ocupar durante un tiempo nuestra mente sin convertirse en una verdad absoluta sobre lo que ocurrirá mañana.


La naturaleza ofrece una imagen sencilla para comprenderlo. El cielo puede permanecer despejado durante horas y después llenarse lentamente de nubes. Puede oscurecerse hasta que la luz parece desaparecer y atravesar tormentas tan intensas que durante un tiempo resulta difícil recordar el azul que había detrás. Pero el cielo nunca se convierte en la tormenta.


La tormenta sucede en él.


El cielo la contiene sin necesitar convertirse en ella. Le ofrece espacio para desplegarse y, cuando finalmente termina, continúa allí. No ha perdido su inmensidad porque durante algunas horas estuviera cubierto de nubes.


Quizá nuestra experiencia interior se parezca mucho más a ese cielo de lo que solemos imaginar.


Hay días despejados en los que la mente parece ligera y las emociones se mueven con facilidad. Otros días llegan nubes. Aparecen preocupaciones, recuerdos o una inquietud que no sabemos explicar. Y existen también temporadas en las que atravesamos verdaderas tormentas interiores: pérdidas, incertidumbre, miedo, dolor o situaciones capaces de sacudir profundamente nuestra manera de comprender la vida.


Cuando olvidamos que somos más amplios que aquello que estamos atravesando, comenzamos a intentar fabricar un cielo donde nunca existan nubes. Queremos alcanzar un estado en el que ninguna emoción incómoda vuelva a aparecer, ningún pensamiento nos perturbe y ninguna circunstancia consiga alterar nuestra tranquilidad. Entonces cada nueva tormenta parece convertirse en evidencia de que algo ha salido mal. Pensamos que hemos retrocedido, que todavía no sabemos estar en paz o que todo el trabajo interior realizado anteriormente no sirvió de nada.


Pero ningún cielo necesita defenderse del clima para seguir siendo cielo.


Quizá nosotros tampoco.


Esto no significa minimizar aquello que duele. Hay tormentas que cambian paisajes enteros y experiencias que dejan una huella profunda en nuestra historia. Reconocer al observador no consiste en colocarnos por encima de nuestra humanidad ni en contemplar la vida desde una distancia donde nada pueda tocarnos. Es exactamente lo contrario. Nos permite sentir con mayor honestidad porque ya no necesitamos proteger nuestra identidad de cada emoción que aparece.


Podemos llorar sin pensar que nos hemos perdido. Podemos tener miedo sin avergonzarnos de sentirlo. Podemos atravesar incertidumbre sin exigirnos conocer inmediatamente el final de la historia. Cuando existe espacio alrededor de una experiencia, podemos acercarnos a ella sin quedar completamente atrapados dentro.


Y ese espacio no necesita ser construido.


Está presente cada vez que nos damos cuenta.


Podemos comprobarlo ahora mismo. Mientras lees estas palabras quizá han aparecido pensamientos. Algunos estarán relacionados con lo que lees; otros quizá te llevaron durante unos segundos hacia algo completamente distinto. Tal vez surgió un recuerdo, una sensación en el cuerpo o una opinión sobre alguna de estas ideas.


No intentes detener nada.


Observa simplemente que sabes que está ocurriendo.

Antes de explicar quién es el que observa, antes de encontrar una palabra para definirlo y antes de convertirlo en una nueva idea que la mente pueda guardar, ya existe la experiencia sencilla de darse cuenta.


Eso es suficiente.


Con el tiempo podemos descubrir que este reconocimiento modifica silenciosamente la manera en que atravesamos nuestra propia historia. Los acontecimientos siguen importando. El pasado continúa formando parte de nosotros y nuestras experiencias han dejado huellas reales en la forma en que miramos el mundo. Pero ninguna historia alcanza a contener completamente a un ser humano.


Somos demasiado amplios para caber en una sola narración.


Antes de saber explicar quiénes éramos ya existía vida. Antes de tener opiniones sobre nosotros mismos ya había una presencia experimentando el mundo. Antes de aprender aquello que debíamos ser para sentirnos aceptados, exitosos, valiosos o suficientes, algo ya estaba aquí recibiendo cada sonido, cada mirada y cada instante.


Tal vez encontrarnos no consista entonces en construir una versión más perfecta de nosotros mismos. Quizá tampoco necesitemos reemplazar una historia antigua por otra más bonita. Puede haber algo mucho más sencillo esperando debajo de todo ese esfuerzo: recordar que ninguna historia, por importante que sea, puede agotar el misterio de quien la está viviendo.


Desde ahí comienza a nacer una libertad diferente a la que solemos imaginar. No es la libertad de escapar de la vida ni de alcanzar un estado interior donde nada vuelva a afectarnos. Tampoco es la promesa de que desaparecerán el miedo, la tristeza o la incertidumbre.


Es la libertad de habitar plenamente nuestra humanidad sin quedar prisioneros de cada movimiento que ocurre dentro de ella.


Seguiremos teniendo pensamientos. Habrá emociones que nos sorprendan y días en los que olvidemos por completo todo esto y volvamos a creer cada historia que atraviese nuestra mente. Incluso eso puede ser observado. También podemos darnos cuenta de que nos habíamos perdido nuevamente dentro del pensamiento.


Y en ese mismo instante ya estamos mirando desde otro lugar.


Quizá descubrir al observador no sea llegar a ninguna parte. No sea conseguir un estado especial ni convertirnos en alguien diferente. Tal vez sea reconocer algo que ha estado silenciosamente presente durante toda nuestra vida: esa capacidad sencilla de saber que estamos aquí mientras la experiencia ocurre.


Los pensamientos seguirán pasando.


Las emociones continuarán cambiando.


El clima interior tendrá días luminosos y temporadas de tormenta.


Pero quizá, poco a poco, dejemos de confundir cada nube con la totalidad del cielo.


Y cuando eso sucede, la libertad deja de parecer un lugar al que debemos llegar algún día. Comienza a revelarse como el espacio que siempre estuvo aquí, acompañando silenciosamente cada instante de nuestra vida. 

 

💜Continúa esta reflexión...

Si esta lectura abrió en ti la pregunta de quién observa todo lo que pasa por tu mente, puedes profundizar en ella en nuestra conversación:

Descubrir al observador: ¿eres realmente todo lo que pasa por tu mente?

Una invitación a mirar tus pensamientos desde otro lugar y descubrir ese espacio silencioso que permanece mientras todo lo demás cambia.


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