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¿Estás resolviendo algo… o solo le estás dando vueltas?

hace 2 días
6 min de lectura

A veces seguimos pensando porque creemos que nos falta una respuesta, cuando lo que realmente estamos buscando es sentirnos seguros de algo que todavía no podemos saber.


Hay momentos en los que pensar realmente nos ayuda. Tenemos una conversación importante y pensamos qué queremos decir. Hay que tomar una decisión y revisamos las opciones. Algo salió mal y tratamos de entender qué podríamos hacer diferente la próxima vez. Pensamos, encontramos algo que no habíamos visto y, poco a poco, llegamos a una conclusión o a una acción concreta.

Pero hay otros momentos que se sienten casi iguales y, sin embargo, funcionan de una manera completamente distinta.


Llevamos veinte minutos pensando en lo mismo y seguimos exactamente donde empezamos. Repasamos una conversación, imaginamos qué quiso decir alguien, tratamos de anticipar cómo saldrá algo que todavía no ocurre o buscamos una explicación que consiga tranquilizarnos. Encontramos una respuesta durante unos minutos, pero enseguida aparece otra pregunta. Entonces seguimos pensando porque sentimos que quizá, si damos una vuelta más, encontraremos finalmente eso que nos falta.


Y ahí puede aparecer una pregunta mucho más útil que seguir pensando:

¿Estoy resolviendo algo o solo le estoy dando vueltas?


Cuando pensar sí nos lleva a algún lugar

Pensar tiene una función extraordinaria. Nos permite anticiparnos, organizar, aprender, comparar posibilidades y tomar decisiones. El problema no está en pensar mucho, sino en no darnos cuenta de cuándo el pensamiento dejó de producir algo nuevo.


Imagina que mañana tienes una reunión importante. Revisas lo que necesitas llevar, piensas cuáles son los puntos que quieres tratar y preparas algunas respuestas para preguntas que razonablemente podrían surgir. Después de hacerlo, estás mejor preparado que antes. Hubo un resultado concreto de ese tiempo que dedicaste a pensar.


Pero quizá, cuando ya terminaste de prepararte, aparece otra posibilidad. ¿Y si preguntan algo que no esperabas? Piensas qué responderías. Después aparece otra: ¿y si tu respuesta no les gusta? Intentas resolverla también. Luego imaginas cómo reaccionarías si la reunión sale mal y qué harías después.


En algún punto dejaste de preparar la reunión y empezaste a intentar controlar mentalmente todo lo que podría ocurrir en ella.


La diferencia puede ser difícil de reconocer porque ambas cosas se sienten como pensar en la reunión. Sin embargo, una está trabajando con algo que puedes hacer ahora y la otra intenta conseguir certeza sobre algo que todavía no existe.


La trampa de “una vuelta más”

Cuando algo nos preocupa, es muy fácil creer que todavía no hemos pensado lo suficiente.


Tal vez estamos esperando una respuesta importante. Miramos el teléfono y no ha llegado. Pensamos que probablemente la persona está ocupada, pero después recordamos que normalmente responde rápido. Entonces aparece otra explicación, seguida de otra posibilidad y después de otra.


Nada ha cambiado afuera. Seguimos sin tener la respuesta.


Lo único que ha aumentado es la cantidad de historias posibles dentro de nuestra cabeza.


Y aun así sentimos el impulso de continuar porque cada nueva posibilidad parece prometer algo: quizá ésta sea la que finalmente nos haga sentir tranquilos.

Por eso podemos pasar muchísimo tiempo pensando en situaciones sobre las que, en realidad, no tenemos información nueva. No estamos intentando comprenderlas mejor. Estamos intentando encontrar una explicación que elimine la incomodidad de no saber.


Y no siempre existe.


A veces no buscamos una respuesta: buscamos certeza

Esta diferencia puede cambiar por completo la manera en que entendemos algunas de nuestras preocupaciones.


Podemos preguntarnos una y otra vez si tomamos la decisión correcta, pero quizá todavía no haya forma de saberlo. Podemos intentar descubrir qué piensa otra persona, pero probablemente tendremos que hablar con ella. Podemos imaginar cómo saldrá algo importante, pero solo podremos saberlo cuando suceda.


Hay preguntas que no permanecen abiertas porque seamos incapaces de encontrar la respuesta. Permanecen abiertas porque la respuesta todavía no existe.


Sin embargo, la incertidumbre puede resultar tan incómoda que seguimos pensando como si nuestra mente pudiera adelantarse a la realidad y traernos esa información antes de tiempo.


Entonces una respuesta produce otra pregunta.

“Seguro todo va a estar bien.”

“Sí, pero ¿y si no?”

“Si algo pasa, podré resolverlo.”

“¿Y si no puedo?”

“Ya he enfrentado cosas difíciles antes.”

“Sí, pero esto podría ser diferente.”


Podemos mantener esa conversación durante muchísimo tiempo porque ninguna respuesta puede ofrecer lo que realmente estamos pidiendo: una garantía.


¿Cómo saber si estás reflexionando o dando vueltas?

No siempre necesitamos analizar cada pensamiento para descubrirlo. Podemos observar algo mucho más sencillo: si después de un tiempo pensando tenemos algo que antes no teníamos.


Quizá apareció información nueva. Tal vez encontramos una acción concreta, entendimos algo diferente o llegamos a una decisión. En ese caso, pensar nos ayudó.


Pero si llevamos un rato repitiendo las mismas posibilidades, haciendo las mismas preguntas o intentando tranquilizarnos con argumentos que duran apenas unos minutos, probablemente ya no estamos avanzando.

Podemos preguntarnos:

¿Hay algo nuevo aquí?


Y después:

¿Hay algo que realmente pueda hacer con esto ahora?


Si la respuesta es sí, podemos hacerlo.


Quizá necesitamos escribir un correo, preparar algo, hablar con alguien, pedir información, tomar una decisión o anotar aquello que no queremos olvidar.

Pero si no existe ninguna acción posible, seguir pensando no necesariamente nos acercará a una solución. A veces lo único que falta es tiempo.


El problema de intentar vivir el mañana hoy

Anticipar puede hacernos sentir que tenemos un poco más de control.


Si imaginamos todos los escenarios posibles, quizá ninguno consiga sorprendernos. Si pensamos qué haríamos en cada caso, quizá estaremos preparados. Y si nos preocupamos lo suficiente, una parte de nosotros puede incluso sentir que estamos haciendo algo para evitar que ocurra aquello que tememos.


Pero pensar en una posibilidad no la vuelve más predecible. Y sufrirla antes tampoco nos prepara necesariamente mejor para enfrentarla.


Si mañana tenemos una conversación difícil, podemos prepararnos para ella. Lo que no podemos hacer es mantener hoy todas las versiones posibles de esa conversación, responderlas mentalmente y esperar que una de ellas coincida exactamente con lo que sucederá.


La vida siempre conservará una parte que no podemos ensayar.


Quizá la verdadera preparación no consista en imaginar cada cosa que podría pasar, sino en confiar un poco más en que podremos responder cuando sepamos qué está pasando realmente.


Dejar algo sin resolver también puede ser una respuesta

Estamos muy acostumbrados a sentir que todo asunto abierto necesita cerrarse cuanto antes. Por eso decir “no sé” puede parecernos insuficiente.


Sin embargo, hay momentos en los que “todavía no sé” es la respuesta más honesta que tenemos.


No sé qué va a decidir esa persona.

No sé cómo saldrá mañana.

No sé todavía si ésta fue la mejor decisión.

No sé qué significa ese silencio.


Y reconocerlo no significa resignarnos. Significa dejar de fabricar respuestas cuando todavía no tenemos información suficiente. Podemos volver a mirar el asunto cuando algo cambie. Mientras tanto, nuestra vida no necesita quedarse detenida junto a esa pregunta.


Una pequeña prueba para la próxima vez

La próxima vez que notes que llevas mucho tiempo pensando en algo, no necesitas obligarte a dejar de hacerlo. Puedes detenerte un momento y observar qué ha ocurrido durante los últimos minutos.


Pregúntate si estás descubriendo algo nuevo o recorriendo nuevamente lo mismo. Mira si existe alguna acción concreta que puedas realizar ahora. Y, si no la hay, prueba reconocer qué es lo que falta.


Quizá falta información.

Quizá falta una conversación.

Quizá falta que alguien responda.

Quizá simplemente falta que llegue mañana.


En cualquiera de esos casos, pensar diez veces más no hará que aquello que falta llegue antes. Puedes dejar la pregunta abierta y regresar a ella cuando tengas algo nuevo con qué responderla. Eso no significa que la preocupación desaparezca inmediatamente. Es posible que la mente vuelva al asunto varias veces y que tengas que recordarte más de una vez que, por ahora, no hay nada más que resolver.


Pero cada vez que lo haces empiezas a aprender algo importante: puedes no tener todas las respuestas y aun así continuar con tu día. Quizá ahí empieza una relación diferente con nuestros pensamientos. No necesitamos perseguir cada posibilidad hasta sentirnos completamente seguros, ni encontrar una respuesta para cada duda antes de seguir viviendo. Podemos pensar cuando pensar nos ayuda y aprender a reconocer cuándo ya hicimos todo lo que podíamos hacer por ahora. Porque a veces no necesitamos pensar mejor. Necesitamos esperar a que la vida nos dé la información que todavía no tenemos.


Cuando entenderlo no es suficiente

A veces sabemos perfectamente que estamos dando vueltas sobre algo que todavía no podemos resolver y, aun así, nuestra mente vuelve una y otra vez al mismo lugar. En esos momentos no necesitamos otra explicación; necesitamos aprender a quedarnos un poco más cómodamente con aquello que todavía no sabemos.


En Prácticas encontrarás un ejercicio para esos momentos en los que tu cabeza intenta adelantarse a lo que aún no ha ocurrido. Una pausa breve para reconocer qué puedes resolver hoy, qué tendrá que esperar y volver a lo que sí está sucediendo ahora.


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